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Las nieves del Kilimanjaro

Por Ricardo Gomez


Ascender desde la selva hasta los glaciares en extinción que rodean el cráter del volcán a 5895 m.s.n.m. es una experiencia única e inolvidable.


MOSHI. - En nuestro primer encuentro con Saidi Omary, el guía que nos asignaron para escalar el volcán Kilimanjaro, nos explica que su nombre en lengua swahili significa "protegido de Dios". La noticia me alegra y tranquiliza: cuando uno esta en vísperas de subir la montaña más alta de Africa.




Conviene de entrada aclarar que la fascinación que ejerce la llamada gran montaña blanca de África, con sus 5895 metros, no se explica por sus dificultades técnicas, que son relativamente pocas. Tampoco por su altura, inferior a la de los famosos "ochomiles" del Himalaya. Sus atractivos, como se verá, son otros.



En primer lugar, es un volcán que por su particular ubicación –próximo tanto al ecuador como al océano Índico–, exige a los escaladores una adaptación acelerada a los climas extremos.


El ascenso comienza en plena jungla tropical, bajo lluvia constante, la ropa pegada al cuerpo, con los aullidos de los monos que llegan desde lo alto, helechos gigantes y líquenes tan vigorosos que tejen un manto denso en las copas de árboles centenarios y logran tapar por completo los rayos del sol.



Ocho días más tarde, si uno tuvo suerte, estará parado en la boca de un cráter de enormes dimensiones, rodeado de glaciares cuyas paredes alcanzan los treinta metros de altura, expuesto a temperaturas de quince grados bajo cero, que se sufren más debido a las ráfagas de viento que llegan desde el Índico, y respirando con dificultad en una atmósfera de "aire liviano", es decir, con un cincuenta por ciento menos de oxígeno del que hay a nivel del mar. En otras palabras, es como viajar en una semana del Amazonas al Ártico.



En segundo lugar, está el magnetismo que todavía ejerce entre nativos y extranjeros el hecho de que durante siglos el Kilimanjaro fue considerado, sobre todo por los europeos, más una creación mitológica que un accidente geográfico.


Hasta la etimología de la palabra "Kilimanjaro" está atrapada en la ambigüedad de un debate sin fin. Para algunos, su origen está en la combinación de los vocablos swahilis "klima" (pequeña montaña) y "njaro" (caravanas), en referencia a los traficantes de esclavos que asolaban la región. Los masai, una de las etnias dominantes en Tanzania, lo llaman "Ngaje Ngai", la Casa de Dios.



La extinción de los glaciares es otro de los argumentos de seducción del volcán. Según la opinión dominante de los científicos se trata de un hecho no solo irreversible, sino que, medido en tiempos geológicos, ocurre a velocidad de vértigo.


Dos recientes estudios sobre el tema, el de la Universidad de Innsbruck y el de la Academia de Ciencias de California, pronostican que las gruesas paredes de hielo se habrán derretido por completo, evaporado, o las dos cosas a la vez, entre los años 2020 y 2040.


Cuando esto suceda habrá llegado a su fin el mayor misterio de la montaña y con él la idea, entre poética y extravagante, de gente que escala más allá de las nubes para encontrar hielo en el corazón del trópico.



Es el mismo misterio que entre las dos grandes guerras atrajo a Hemingway hasta estos parajes y lo impulsó a escribir "Las nieves del Kilimanjaro". Es un texto memorable que no solo viajaba en el fondo de mi mochila, fotocopiado a último momento para ser releído en lo que podríamos llamar el lugar de los hechos, sino que, para mi sorpresa, circulaba de mano en mano en los campamentos como si fuese el best seller del momento.


Cuando observa la cumbre y recuerda el sombrío pronóstico de los científicos uno siente un extraño privilegio: el de estar asomado a un parque jurásico en extinción. Las majestuosas catedrales talladas durante miles de años por la nieve y el viento, después de todo, ya dominaban el Kilimanjaro cuando los primeros ancestros del hombre deambulaban no lejos de allí, en las praderas bajas del volcán, junto a la célebre Garganta de Olduvai y a lo largo del Valle del Rift.


Las rutas


Hay siete senderos principales marcados en los mapas para ascender a la cumbre, pero los más conocidos son Marangu, Machame y Lemosho



El sendero Marangú, es el más sencillo y transitado. Además, ofrece una ventaja estratégica que no es menor: la posibilidad de dormir, comer y aprovisionarse en los refugios.


Lemosho, el más exigente, demanda mayor experiencia, entrenamiento y uno o dos días adicionales de travesía. Es el sendero con las mejores vistas, tiene una extensión de 80 kilómetros y obliga a dormir en carpa y a cargar todas las provisiones durante el ascenso. Este último fue el que elegimos con el guía y el grupo de porteadores que por ley debe contratar toda persona que intenta llegar a la cumbre.



La madrugada de la partida no nos despertó, como estaba previsto, un empleado del Springlands Hotel, sino la penetrante voz del muecín que convocaba a los fieles desde un altoparlante que colgaba en lo alto de una mezquita vecina. Eran las cuatro y media de la mañana.


Resultó una incomodidad menor en un hotel de amplias y aireadas habitaciones provistas con mosquiteros que cuelgan del techo como si fuesen redes de pesca, una cocina europea aceptable, vista panorámica al volcán y cuyos cuidados jardines con fuentes parecen importados desde Edimburgo. El edificio, protegido por muros altos de color pastel y un pesado portón negro de hierro con vigilancia permanente, está en las afueras de Moshi, la ciudad más cercana al Parque Nacional Kilimanjaro.



Esa mañana buena parte de la acción transcurrió alrededor de ocho Land Rover formados en fila en uno de los patios interiores del hotel. Sobre sus techos caminaban y gesticulaban, dando órdenes y contraórdenes, un pequeño ejército de porteadores mientras cargaban nuestras mochilas, carpas, bolsos y cajones con comida.



Esto es África


El viaje por caminos de tierra y asfalto hasta la entrada del parque fue, para la mirada de cualquier occidental, una rápida zambullida en el África profunda. Tanto, que algunas escenas parecían tomadas de un documental de National Geographic.


La última parada es en el pequeño pueblo de Machame, en una feria montada a cielo abierto. Allí venden toda clase de animales vivos y los sacrifican en el lugar tan pronto el cliente terminó de regatear el precio.


El primer día en el volcán no es precisamente un paseo. Hay que caminar unos 20 kilómetros y ascender 1800 metros por senderos abiertos en la selva, con frecuencia difíciles de distinguir a causa de la lluvia y los bancos de niebla.


Después de cuatro horas de marcha con algunas paradas la jungla sigue presente y nos instalamos en las carpas de Mkubwa Camp, a 2650 msnm, cerca de la frontera natural entre los grandes árboles y la región conocida como moorland, con valles escarpados y vastas planicies cubiertas por rocas volcánicas.




Los próximos campamentos son Shira I, a 3610 msnm y Shira II a 3840 metros y a otras varias horas de marcha, en una zona conocida como el desierto alpino. Las siguientes etapas son Lava Tower (4630 m), Barranco Camp (3950), Karanga Hut (4200) y Barafu Camp (4600), desde donde se prepara el asalto final a la cumbre de Uhuru Peak, ubicada a 5895 metros.


Al quinto día, mientras avanzamos sin los bastones, aferrados con las manos a las rocas, por un sendero que parece esculpido sobre la pared de piedra, vemos que las nubes están debajo de nosotros y que el grupo parece levitar en medio de un paisaje surrealista. La ilusión óptica es la de estar caminando sobre un espejo. Cuando por fin llegamos a Barafu Camp, el último campamento, la tela de las carpas está rígida bajo un grueso manto de escarcha.


El guía me muestra el mapa detallado del sendero que conduce a la cumbre, el más duro. Saldremos a la medianoche, solos, sin los porteadores, con tres capas de ropa, guantes dobles, abrigo adicional en las mochilas, cuatro litros de agua y baterías nuevas en las linternas frontales.



Son siete horas de marcha para ascender 1200 metros por una huella empinada que serpentea entre formaciones de lava, rocas sueltas y montículos de lajas de gran tamaño, de bordes filosos y brillantes, que asoman en todas las direcciones como si fuesen restos de una carretera bombardeada.


Saidi sonríe, como siempre, y me dice "pole, pole", que en buen swahili es algo así como "despacio, que todo va a ir bien". No hay duda de que ha escuchado los mismos lamentos demasiadas veces los días de cumbre.


Enseguida, como quien tiene que recordarle a otro su nuevo lugar en el mundo, extiende el brazo derecho y dice: "Allá está el norte, allá está Kenia". Después empieza a girar despacio sobre sí mismo, en el sentido de las agujas del reloj y enumera la geografía que nos rodea: "Allá, Zanzíbar, más allá, Mozambique, al sudeste, Malawi y Zambia, al Oeste, Burundi, Ruanda y, finalmente, Uganda. Como ve, ya llegó demasiado lejos como para no intentarlo", concluye.



Tuvo razón. Después de ocho difíciles horas de marcha, agotado y respirando con bocanadas breves, como un asmático, escucho decir al guía estamos en Stella Point, la antesala de la cumbre.


Recién amanece. Me siento sobre la mochila para recuperar el aliento. El guía se queda de pie. El agua de la cantimplora esta congelada. La cámara Nikon también, pero resucita luego de que la envuelvo con un par de medias y la meto dentro de la campera.


El trayecto final hasta Uhuru Peak, en donde está el cartel que identifica la cumbre más alta, es todo deslumbramiento. Son tan profundos los contrastes de la belleza desolada que se extiende allí arriba que el paisaje desafía la memoria, todo lo que uno ha conocido en otras montañas.



Detrás del cráter inmenso, en cuyo interior el viento crea remolinos de polvo color ocre, se ven las imponentes paredes del Campo de Hielo Sur y del glaciar Decken. Las botas cada tanto se hunden en el manto de nieve que cubre la arena volcánica que se apagó hace miles de años.


Las estrellas, agigantadas por efecto de la latitud y la altura, le dan al cielo ese carácter protector del que hablaba Paul Bowles. Resisten todavía las primeras claridades del amanecer, pero compiten con los rayos de luz de otras linternas, vacilantes y torpes como las nuestras, que avanzan por la misma huella que nos trajo hasta aquí.

Entonces sale el sol y en el techo de África la felicidad es completa.








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