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Parque Nacional Tayrona: guía vivencial para explorarlo a pie en 4 días

Actualizado: 22 dic 2025



Tayrona no fue un destino más: fue una travesía profunda, de esas que te dejan marcado. Durante cuatro días y tres noches crucé el Parque Nacional Tayrona a pie, desde la entrada de El Zaino hasta salir por Calabazo, sumergiéndome en un paisaje que muta entre playas caribeñas de postal, selvas espesas donde chillan los monos y comunidades indígenas que sostienen una sabiduría silenciosa.


Dormí en una cabaña sencilla en medio de la selva, en el EcoCamping de LUI, donde cada noche era una sinfonía de insectos y hojas danzantes. Caminé kilómetros por la costa: Playa Arenillas, Cabo San Juan del Guía y, sí, también me animé a vivir una experiencia muy especial y consciente en la playa nudista Boca del Saco 2, donde el mar me recibió sin ropa, sin máscaras, sin prejuicios.


Parque Nacional Tayrona (Colombia)
Parque Nacional Tayrona (Colombia)

Interactué con miembros del pueblo kogui, compré artesanías tejidas con símbolos que reflejan su cosmovisión, y viví una conexión genuina con el entorno. La caminata final por Calabazo, exigente pero inolvidable, cerró una travesía que fue más que un viaje: fue un rito personal de libertad, presencia y humildad ante la naturaleza.


👉 Si querés acompañarme paso a paso y sumergirte en esta experiencia desde adentro, seguí leyendo.


⬇️ Te invito a explorar conmigo.

Día 1: Adentrarse es también rendirse

La entrada de El Zaino no parece nada extraordinario… hasta que la cruzás. Ahí empieza a cambiar todo: el aire, el ritmo, incluso tu cuerpo. El Parque Nacional Tayrona no te recibe con una explosión, sino con una invitación sutil a bajar un cambio.


La primera caminata fue suave, y sin embargo, mi corazón latía fuerte. No por la exigencia, sino por la expectativa. El sendero serpenteaba entre árboles inmensos, con raíces que sobresalían como venas de la tierra. A cada paso me sentía menos turista y más explorador. Como si Tayrona me estuviera tanteando.


Sendero por la selva del Parque Nacional Tayrona (Colombia)
Sendero por la selva del Parque Nacional Tayrona (Colombia)


Después de unas horas llegué al EcoCamping de LUI, un lugar que no se puede explicar con palabras. Las cabañas son simples pero hermosas, armadas con materiales nobles, sin lujos ni pretensiones. Están metidas literalmente en la selva. Hay sonidos. Hay humedad. Hay vida.


Esa noche, entre el croar de las ranas, el susurro del viento y el canto misterioso de pájaros nocturnos, dormí profundamente… pero no antes de quedarme largo rato mirando al cielo sin luces artificiales, como quien reencuentra una parte olvidada de sí.


EcoCamping LUI - Parque Nacional Tayrona (Colombia)
EcoCamping LUI - Parque Nacional Tayrona (Colombia)

Día 2: El mar como espejo y un encuentro con la libertad

El segundo día empezó con un café filtrado a mano, mirando cómo la neblina se colaba entre las ramas. Salí temprano rumbo a la costa. El sol apenas se asomaba cuando llegué a Playa Arenillas, una joya entre árboles y mar, casi vacía. Me metí al agua sin pensarlo. Salada, fresca, envolvente. Como una limpieza.


Desde ahí caminé hasta Cabo San Juan del Guía. Es tal cual como lo muestran las fotos: dos bahías enfrentadas, una cabaña arriba de un peñasco y palmeras que se inclinan como posando para la postal. Pero lo que no se ve en las fotos es el sentir. Ese lugar tiene una energía especial. Me quedé un rato largo ahí, escribiendo en mi cuaderno y dejando que el sol me seque el alma.


Cabo San Juan del Guía - Parque Nacional Tayrona (Colombia)

Cabo San Juan del Guía - Parque Nacional Tayrona (Colombia)
Cabo San Juan del Guía - Parque Nacional Tayrona (Colombia)

Y entonces, más tarde, llegué a Boca del Saco 2, la playa nudista. Sabía que existía, la tenía marcada en el mapa, pero no sabía si iba a “atreverme”. El lugar es absolutamente tranquilo. Pocas personas. Todos en silencio, dispersos, respetuosos.


Hay una especie de pacto tácito: esto no es un show, es un ritual de autenticidad.

Respiré hondo. Me quité la ropa. Caminé despacio hasta el mar. El agua me abrazó y por un momento no fui más que cuerpo, sin nombre, sin expectativas. No fue una aventura “atrevida”. Fue una experiencia sanadora. Como si el mar me dijera: “así estás bien”.

Esa noche, volví al camping con otra mirada. Más liviana. Más mía.


Playa nudista Boca del Saco - Parque Nacional Tayrona (Colombia)
Playa nudista Boca del Saco - Parque Nacional Tayrona (Colombia)


Día 3: Voces antiguas y sabiduría tejida

El tercer día decidí explorar un costado menos “turístico” del parque. Me interné por caminos laterales y llegué a un pequeño asentamiento donde miembros del pueblo Kogui venden sus artesanías. No me gusta la palabra “vender” en este contexto. Lo que hacen es ofrecer una parte de su cultura.


Vi mochilas tejidas con hilo de fique y algodón, collares con semillas, pulseras con dibujos geométricos. Compré una mochila mediana. Me la entregó una mujer mayor, con rostro sereno, mirada profunda. No hablaba español, pero otro hombre joven me ayudó a traducir: “cada diseño cuenta una historia, cada figura es un pensamiento tejido”.


    Artesanias de la Comunidad Kogui - Parque Nacional Tayrona (Colombia)
Artesanias de la Comunidad Kogui - Parque Nacional Tayrona (Colombia)

Me quedé largo rato ahí. Sentado. Mirando. Escuchando. Sintiendo que a veces el turismo se olvida de esto: la presencia. No todo es correr de playa en playa. A veces, la verdadera exploración está en frenar.


Día 4: El gran final por Calabazo

El último día decidí salir por Calabazo, una ruta alternativa que cruza zonas más altas del parque y menos transitadas. Era temprano cuando empecé a subir, con la mochila al hombro y el cuerpo un poco cansado. Pero el alma, cargada de gozo.

El sendero es más exigente.


Subidas constantes, humedad espesa, barro. Y sin embargo, lo disfruté como un niño. Vi monos capuchinos saltando entre ramas, garzas blancas a lo lejos y mariposas del tamaño de mi mano revoloteando a mi lado.




En un momento, me detuve. Cerré los ojos. Sentí la selva respirando conmigo. Fue un instante que no puedo explicar con lógica. Era como si Tayrona me estuviera despidiendo, como si me dijera: “te mostré lo que tenías que ver. Ahora seguí tu camino”.


Al salir por la puerta de Calabazo, cansado, sudado y feliz, me di cuenta de que no era el mismo que había entrado.


 
 
 

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