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Vieja Usina de La Bolsa sobre el río Anisacate: exploración, ruinas e historia en Córdoba




Volví al río Anisacate con una búsqueda concreta: llegar hasta la Vieja Usina de La Bolsa y ver qué quedaba hoy de ese lugar. La caminata por la ribera ya me empezó a ordenar la lectura. Antes de encontrarme con la estructura, me encontré con el territorio. Y eso, en un sitio así, no es un detalle menor.


Vista aérea de la Vieja Usina de La Bolsa junto a un camino y al cauce del río, en Villa La Bolsa, Córdoba
La Vieja Usina de La Bolsa aparece en conjunto con su entorno inmediato: la estructura, el camino y el cauce muestran desde el inicio que este no es solo un edificio en ruinas, sino una construcción pensada en relación directa con el paisaje.


A medida que avancé, el paisaje fue mostrando una mezcla muy clara entre naturaleza e intervención humana. El agua, la vegetación, el borde del río y la forma del terreno no funcionaban como un decorado. Todo eso era parte de la explicación. La usina no estaba ahí porque sí. Aunque hoy lo que quede sean ruinas, el emplazamiento sigue diciendo bastante.


Cuando llegué a la estructura, el tono del recorrido cambió. Hasta ahí venía en modo exploración abierta, leyendo el entorno, dejándome llevar por el trayecto. Pero frente a las ruinas ya no se trataba solo de llegar. Ahí tocaba frenar, mirar mejor y tratar de interpretar lo que tenía adelante.


Me encontré con una restricción de ingreso y decidí no entrar. Para mí eso no le quitó nada a la experiencia. Al contrario. Me obligó a trabajar la observación desde otro lugar. En vez de forzar el acceso, mostré el sitio desde afuera y sumé una exploración visual con dron para entender mejor la relación entre las ruinas, la ribera y el entorno.


Eso fue clave, porque desde arriba la Vieja Usina de La Bolsa se lee distinto. La cercanía con el río Anisacate deja de ser un dato secundario y pasa a ocupar el centro de la escena. El agua no aparece solo como fondo. Aparece como parte de la lógica original del lugar.


Lo que más me interesó de esta salida fue justamente eso: no reducir la usina a una postal de abandono. Me interesó leerla como una huella concreta de otra etapa del territorio, vinculada al aprovechamiento del agua, a la infraestructura y al proceso de electrificación regional. También me interesó mirar el contraste entre ese pasado y el presente, con un entorno que siguió transformándose y urbanizándose con el tiempo.


Por eso esta exploración no pasó por el riesgo ni por la exageración. Pasó por caminar, observar, respetar el límite de acceso, mirar el lugar desde afuera y tratar de devolverle espesor a un sitio que todavía tiene mucho para contar.


Video del recorrido a la Vieja Usina de La Bolsa, con imágenes del río Anisacate, las ruinas y el entorno actual del sitio.

🔽 Lee acá la exploración completa

El camino por la ribera del río Anisacate

Salí con una idea bastante simple: volver al río Anisacate y llegar caminando hasta la Vieja Usina de La Bolsa. Pero en este tipo de recorridos, lo simple rara vez se queda en lo simple. A medida que fui avanzando por la ribera, me quedó claro que el trayecto no era apenas una introducción al lugar. El trayecto era parte del lugar.


Lo primero que me llamó la atención fue cómo el paisaje iba armando el contexto antes de que aparecieran las ruinas. El río marcaba el pulso del recorrido, y al mismo tiempo el terreno iba mostrando señales de un espacio intervenido, usado, transformado. Esa combinación entre naturaleza y huella humana era, en el fondo, el primer indicio de lo que iba a encontrar más adelante.


Por eso digo que en esta exploración primero apareció el territorio y recién después la estructura. Y recién cuando tuve las dos cosas en la cabeza al mismo tiempo empezó a cerrarse el sentido del conjunto.


La llegada a las ruinas

Cuando finalmente tuve enfrente la Vieja Usina de La Bolsa, la escena cambió. Hasta ese momento yo venía caminando, observando y dejando que el entorno me llevara. Pero frente a la estructura apareció otra exigencia: mirar con más atención.


Las ruinas conservan una presencia fuerte. No hace falta exagerar nada para sentirlo. Aun en su estado actual, el lugar tiene suficiente cuerpo como para dejar claro que ahí funcionó una infraestructura importante. No solo por lo que queda en pie, sino por cómo está plantada junto al río y por la lógica que todavía deja entrever.


Hay sitios donde el abandono borra casi todo. Acá no pasa eso. Acá el deterioro no alcanza para borrar del todo la intención original del lugar. Y eso vuelve la observación más interesante, porque obliga a mirar no solo lo que falta, sino también lo que todavía resiste.


Ruinas actuales de la Vieja Usina de La Bolsa, con muros, vacíos y detalles de su estructura en Villa La Bolsa, Córdoba.
Ya frente a las ruinas, los muros, los vacíos y las marcas del deterioro dejan ver que el abandono no alcanzó para borrar del todo la fuerza original del lugar

La decisión de no ingresar

En un momento del recorrido me encontré con la restricción de ingreso al interior. Y decidí no entrar.


Lo digo de frente porque también forma parte de la lógica de Ricardo Explora. No todo recorrido necesita cruzar todos los límites para tener valor. A veces explorar también es entender hasta dónde se puede llegar, qué condiciones plantea el sitio y desde qué lugar conviene narrarlo.


En este caso, respetar esa restricción me ayudó a ordenar mejor la mirada. En vez de meterme de lleno en el interior, me quedé trabajando la lectura del conjunto. La estructura, el borde del río, el estado actual, la implantación sobre el terreno. Todo eso empezó a pesar más.


Como no ingresé, las imágenes aéreas pasaron a ser una herramienta importante. Y no solo para mostrar algo “lindo” o sumar un recurso visual. El dron me permitió leer el lugar con otra lógica.


Desde arriba, la relación entre la Vieja Usina de La Bolsa y el río Anisacate se vuelve mucho más clara. El emplazamiento deja de sentirse anecdótico y pasa a leerse como una decisión central. Ahí el agua ya no queda de fondo: organiza la escena.

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Eso me ayudó también a no caer en una lectura aislada de la ruina. Vista desde el aire, la estructura se entiende mejor como parte de un sistema territorial. Y ahí es donde el lugar empieza a ganar profundidad.


No fue una renuncia. Fue parte de la exploración.

Y fue justamente en ese momento, ya con la estructura mirada desde afuera y mejor ubicada dentro del paisaje, cuando necesité entender con más claridad cómo había funcionado realmente este lugar.


La lógica del lugar: cómo funcionaba la usina

Antes de seguir caminando hacia la Vieja Usina de La Bolsa, necesité frenar un momento y entender qué estaba viendo realmente. Porque este lugar no se explica solo por las paredes que quedaron en pie. Se explica, sobre todo, por la forma del río, por el desnivel del terreno y por una lógica técnica que supo leer ese paisaje de una manera muy precisa.


Imagen satelital de la zona de la Vieja Usina de La Bolsa con referencias gráficas sobre el recorrido del agua y la ubicación de la central.
Vista satelital del sector donde la forma del río y el tendido hacia la usina permiten entender la lógica con la que se aprovechaba el agua para generar energía; la flecha blanca marca la ubicación de la central y la línea roja, el recorrido de la cañería desde la curvatura del río.

Para reconstruir esa historia tomé como referencia la publicación “Historia Populares Cordobesas”, dedicada a Villa Los Aromos. Y a partir de ahí, el lugar empezó a acomodarse de otra manera.


La concesión de la central fue otorgada el 3 de septiembre de 1919, y ya desde la década de 1920 funcionó aquí una usina hidroeléctrica que aprovechaba un desnivel del río de entre 18 y 20 metros. Ese dato, que en el papel suena técnico, en el terreno cambia por completo la lectura. La usina no estaba acá porque sí. Estaba montada en un punto donde la forma del río y el salto topográfico permitían transformar el agua en energía.


Cuando uno entiende eso, también entiende mejor por qué esta central fue importante para la zona. No cuesta verla como una obra decisiva en la urbanización de todo este sector. Mirada desde arriba, y después recorrida a pie, deja de parecer una ruina aislada y pasa a mostrarse como lo que alguna vez fue: una pieza de infraestructura capaz de empujar una etapa entera del territorio.


Entre sus primeros dueños aparece la familia Revol, a cargo de la Compañía de Luz y Fuerza Motriz de Alta Gracia. Más adelante, en 1923, la usina fue transferida a la Sociedad Anónima Electricidad de Alta Gracia, y en 1931 pasó a la Compañía Central Argentina de Electricidad. Esas empresas quedaron a cargo de la generación, distribución y comercialización de la energía hasta fines de la década del 40, cuando se organizó la Dirección General de Energía de la Provincia de Córdoba.


También aparecen nombres propios que le devuelven escala humana a toda esta historia. El primer jefe fue Juan Lirón, y los primeros operadores fueron los hermanos Anacleto y Charo Oviedo. Más adelante aparece Germán Alejandro Cubí como jefe de la usina al momento del loteo, y después vuelve a ser mencionado en la etapa en que la administración quedó en manos de EPEC. Son esos detalles los que hacen que el lugar deje de ser solo una estructura técnica y vuelva a sentirse habitado, trabajado, vivido.


En lo técnico, la central operó con dos turbinas hidráulicas de origen norteamericano, marca Westinghouse, de 150 y 200 HP. Y este punto, para mí, fue clave en la lectura del lugar, porque todavía hoy se pueden observar las cañerías que alimentaban ambas máquinas. Ahí es donde todo empieza a cerrar: la forma del río, el tendido, la ubicación de la usina y los restos materiales que todavía siguen a la vista. Ya no como piezas sueltas, sino como partes de un mismo sistema.


Cañerías metálicas visibles en el interior de la Vieja Usina de La Bolsa, como parte del antiguo sistema de conducción de agua.
Entre el deterioro, la vegetación y las marcas del tiempo, estas cañerías siguen siendo una de las huellas más concretas del funcionamiento interno de la Vieja Usina de La Bolsa.

A partir de 1925, la central contó además con el aporte de un dique suplementario ubicado en la costa del actual camping El Diquecito. Ese dique fue dañado por las fuertes crecientes del río, pero estaba compuesto por una base de hormigón y tablones encastrados en guías de hierro que permitían regular la altura del agua embalsada según el caudal disponible. Más adelante, en los primeros años de la década del 40, una gran sequía obligó a incorporar un grupo electrógeno MAN de origen alemán, de 315 HP, montado sobre trineo.


La energía producida aquí fue distribuida en media tensión hacia Alta Gracia e inmediaciones, y más tarde llegó, a través de una línea de postes de pino californiano, a las cooperativas de luz de La Serranita y Anisacate. Ese dato amplía enseguida la escala del lugar. Lo que hoy aparece como ruina alguna vez formó parte de una red concreta de abastecimiento eléctrico para toda la región.


En 1953, la usina pasó a ser administrada por la Empresa Provincial de Energía de Córdoba, EPEC. En ese momento, Germán Alejandro Cubí fue nombrado encargado de la usina de La Bolsa y se instaló allí con su familia. El material menciona a su esposa, Leonor Pascucci, y a sus hijos Germán, María Inés, Eduardo y María Leonor, que habitaron la casa ubicada en el punto más alto del cerro, sobre la edificación de la usina. Ese detalle me resulta especialmente valioso, porque corre al lugar de la pura mecánica y lo devuelve también a una dimensión cotidiana, doméstica, humana.


La usina dejó de funcionar en 1969 y sus componentes fueron vendidos. Después, la creciente de 1975 habría golpeado gran parte de la edificación. Y finalmente, en 1987, el predio fue rematado por EPEC y adquirido por el Arq. Jorge Cima Azpilicueta.


Con todo esto en la cabeza, caminar hasta las ruinas cambia por completo. Ya no estoy viendo solo paredes vacías. Estoy viendo el resto visible de un sistema que aprovechó la forma del río, llevó energía a varias localidades y dejó una huella fuerte en la historia de toda esta zona.


Ahí es donde las fotos históricas empiezan a pesar de otra manera. Después de recorrer la usina, mirar su emplazamiento y entender mejor la lógica con la que funcionaba, esas imágenes dejan de ser un simple documento de época. Pasan a mostrar, con mucha más claridad, lo que este lugar fue antes de convertirse en ruina.



Fotografía histórica de la Vieja Usina de La Bolsa junto al río Anisacate en Córdoba.
Una postal de otro tiempo: la Vieja Usina de La Bolsa cuando todavía tenía un lugar activo en este tramo del río Anisacate.


Imagen de época de la Vieja Usina de La Bolsa sobre el río Anisacate, antes de su estado actual de ruina.
Otra imagen de época de la Vieja Usina de La Bolsa, clave para comparar su presencia original con el estado actual de las ruinas.


El contraste entre pasado y presente

Otra de las cosas que me interesó registrar fue cómo cambió el entorno. La ruina no quedó congelada en un paisaje aparte. El territorio siguió moviéndose. Se urbanizó, cambió de ritmo, incorporó otros usos y otras lógicas.


Eso genera una tensión que me parece muy valiosa. Por un lado, la Vieja Usina de La Bolsa conserva espesor histórico y patrimonial. Por otro, hoy convive con un paisaje que ya no es el mismo que la vio funcionar.


Y ahí aparece algo que, para mí, vale mucho en una exploración de este tipo: la posibilidad de ver el tiempo en el espacio. No como una idea abstracta, sino como algo concreto. En la forma del terreno, en la cercanía del río, en el deterioro de la estructura, en las marcas del uso y en la transformación del entorno.


Lo que me dejó este recorrido

Después de caminar hasta el lugar, mirar la usina desde afuera y ordenar todo lo que había detrás de estas ruinas, me quedó una sensación bastante clara: este sitio sigue diciendo cosas.


No porque haya que romantizarla. No porque necesite un relato grandilocuente. Sino porque todavía permite leer una relación muy concreta entre agua, técnica, territorio y memoria. Y eso, en un lugar así, ya es muchísimo.


Por eso quise contar esta experiencia de esta manera. No para vender una postal ni para sobreactuar una aventura, sino para mostrar lo que vi, cómo lo recorrí y por qué me parece que este punto sobre el río Anisacate merece ser entendido con un poco más de tiempo.


¡Mira esta ruta de @Wikiloc!

https://loc.wiki/t/255536456?h=5m6xgx6kmn&wa=sd&la=es (Villa La Bolsa - Vieja Usina hidroelectrica La Bolsa por la ribera del río Anisacate)


FAQ

¿Dónde está la Vieja Usina de La Bolsa?

Actualmente está en jurisdicción de Villa Los Aromos, sobre el río Anisacate, en Córdoba. Conserva el nombre de Usina La Bolsa porque, en otra etapa, ese sector pertenecía a la jurisdicción de Villa La Bolsa.


¿Se puede ingresar al interior de la usina?

Durante esta exploración encontré una restricción de ingreso y decidí no entrar.


¿Cómo se puede entender hoy el funcionamiento de la usina?

A partir del recorrido exterior, las imágenes del lugar y el material histórico, todavía se pueden reconocer elementos clave del sistema, como su relación con el río y las cañerías que alimentaban la central.


¿Por qué la Vieja Usina de La Bolsa tiene valor histórico?

Porque formó parte de una etapa importante de electrificación regional y ayuda a leer la relación entre agua, infraestructura y transformación del territorio.


¿Cuándo dejó de funcionar la usina?

Dejó de funcionar en 1969.


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