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Explorando el río Anisacate: del túnel de Villa La Bolsa al molino jesuita

Actualizado: hace 7 días

Ricardo Explora





La controversia sobre el llamado túnel jesuítico de Villa La Bolsa fue el punto de partida, pero no el verdadero centro de esta salida. Lo que me llevó al río Anisacate fue otra cosa: la necesidad de recorrer el terreno, seguir el agua y ver si las piezas de esa discusión histórica aparecían de verdad en el paisaje.


Esta exploración forma parte de El Camino del Agua, una serie en la que recorro ríos, cuencas y sistemas hídricos de Córdoba desde la experiencia directa. En este caso, la pregunta inicial sobre el túnel me empujó a una caminata más amplia, donde se cruzaron trekking de ribera, observación de una obra excavada, lectura histórica del territorio y registro cuidadoso de un sitio patrimonial: el Molino Jesuita


Fui al río Anisacate siguiendo una polémica histórica concreta. En Villa La Bolsa hay una estructura conocida como túnel jesuítico: un tramo donde una antigua acequia atraviesa la roca por un pasaje excavado. Desde hace años, esa obra alimenta una discusión sobre su origen.


Una interpretación, sostenida por el Dr. Sergio Tissera y el grupo SpeleoTúnel, plantea que ese túnel podría formar parte de las obras hidráulicas realizadas por los jesuitas hacia 1685 para la estancia de Anisacate. Otra lectura, desarrollada por la historiadora Mariana Eguia, cuestiona esa idea y propone que la estructura visible hoy correspondería a un sistema posterior, asociado a una obra de riego vinculada al ingeniero Echenique y a la estancia Las Rosas, probablemente ya en el siglo XX.


Video: exploración del túnel de Villa La Bolsa y contexto inicial de la controversia.

Con esa discusión en mente decidí no quedarme solo en el túnel. Salí a caminar río abajo para buscar las otras piezas que, según esa segunda hipótesis, sí podrían corresponder al sistema hidráulico jesuítico original: una bocatoma, una acequia excavada en roca y un molino harinero movido por energía del agua.


La salida tuvo un tono bien explorador desde el arranque. Avancé por la ribera del Anisacate siguiendo huellas débiles, senderos que se cortaban y sectores donde la vegetación cerrada obligaba a abrir paso con paciencia. El río venía con más caudal por lluvias previas en la cuenca alta, así que no fue una caminata cómoda ni lineal. En varios puntos tuve que cruzar el cauce para seguir por la margen opuesta, midiendo profundidad, corriente y firmeza del fondo antes de dar cada paso.


En uno de esos cruces el agua me llegó aproximadamente a la cintura y sentí con claridad la presión del río en la parte central. Ahí apareció la duda real de toda exploración seria: seguir o volver. En un río serrano esa decisión nunca es decorativa. Hay que leer el agua, mirar el comportamiento del cauce y asumir que una punta de crecida puede cambiar el escenario en poco tiempo.


A medida que avancé empezaron a aparecer señales concretas del sistema que estaba buscando. Vi tramos de acequia excavada en roca, una obra que ya no pertenece al terreno de la hipótesis abstracta, sino al plano material del valle. Más abajo llegué al sector donde están las ruinas del antiguo molino harinero, hoy dentro de una propiedad privada de la familia Torres Bas y reconocido como patrimonio cultural.


Como no tenía autorización para ingresar, decidí documentar el sitio desde afuera. Usé drone y zoom para registrar la estructura sin cruzar alambrados ni alterar el lugar. Esa decisión también forma parte de mi forma de explorar: llegar, mirar, registrar y entender, pero sin invadir ni forzar acceso donde no corresponde.


Video: trekking por el río Anisacate hasta la acequia y el molino jesuita.


Lo más importante de la salida no fue “aclarar” de una vez la polémica del túnel de Villa La Bolsa. Lo que realmente me dejó esta exploración fue otra cosa: ver cómo el río, la acequia, la derivación del agua y el molino se articulan dentro de un mismo paisaje. Cuando esas piezas aparecen juntas, la historia deja de ser una discusión teórica y pasa a leerse en el terreno.


Puente a la expansión: en la lectura ampliada desarrollo el recorrido completo, las condiciones del Anisacate, lo que fui observando en el sistema hidráulico y por qué esta salida cambia la forma de mirar el valle.


🔽 Del túnel al molino: lectura completa

Por qué fui a buscar este sistema en el río

El origen de esta exploración está en una estructura puntual: el llamado túnel de Villa La Bolsa. En ese lugar, una acequia atraviesa un tramo de roca por un pasaje excavado. La obra llama la atención enseguida. No solo por su forma, sino por la pregunta histórica que arrastra.


Lo que me interesaba, sin embargo, no era quedarme solo con esa imagen ni repetir una atribución instalada. Quería caminar el territorio, seguir el curso del agua y ver cómo se ordenaban en el terreno las distintas piezas de esta historia. En otras palabras: no solo preguntarme si ese túnel podía ser jesuítico, sino entender a qué sistema pertenecía y qué otras obras había que mirar para leer el problema completo.


Ricardo Explora señalando el ingreso al túnel de Villa La Bolsa junto a una acequia excavada en roca
Ricardo Explora señalando el ingreso al túnel de Villa La Bolsa junto a una acequia excavada en roca

El túnel de Villa La Bolsa y la controversia histórica

La controversia no gira únicamente alrededor de una estructura llamativa. En el fondo, lo que está en discusión es cómo se reconstruye históricamente el sistema hidráulico del río Anisacate y qué lugar ocupa ahí el túnel de Villa La Bolsa.


Por un lado, está la interpretación sostenida por el Dr. Sergio Tissera, que vincula esta obra con intervenciones hidráulicas realizadas por los jesuitas hacia fines del siglo XVII. Según la reconstrucción histórica que presenta, las actuales comunas de Anisacate y La Bolsa formaron parte de una antigua estancia vinculada al monasterio de las Carmelitas de Santa Teresa de la ciudad de Córdoba.


Esas tierras habían sido dadas en merced en 1574 al capitán Tristán de Tejeda y más adelante pasaron a Juan de Tejeda Mirabal, fundador en 1628 del monasterio de Santa Teresa de Jesús de Carmelitas descalzas, institución a la que habría quedado ligada la estancia.


En esa etapa temprana ya existían una acequia de riego y un molino, aunque de poca envergadura. La producción principal habría sido pecuaria, sobre todo de ganado mular. El casco de la estancia, según esa reconstrucción, estaba ubicado sobre la margen sur del río Anisacate, a la altura del actual cruce de la ruta 5. También se menciona una mensura del siglo XIX donde todavía figuraban una capilla, un cuarto antiguo y una sacristía, aunque hoy ya no se conservan esas construcciones.


El momento clave, en la lectura de Tissera, llega en 1685. Ya instalados los jesuitas en la estancia de Alta Gracia, las Carmelitas les habrían solicitado la construcción de una nueva bocatoma, una nueva acequia y un molino harinero para beneficio de la estancia de Anisacate. El pedido se explicaría por la experiencia de la Compañía de Jesús en obras hidráulicas y por la disponibilidad de mano de obra especializada, buena parte de ella esclavizada, en la estancia de Alta Gracia. A cambio de la obra, los jesuitas habrían recibido una franja de tierra sobre la ribera norte del río, extendiendo así el límite sur de su estancia hasta el entonces llamado “río de las monjas”, es decir, el actual río Anisacate.


Ahí aparece el nudo fuerte de la hipótesis de Tissera. Según su lectura de la documentación, esa nueva acequia, tenía una extensión de 800 varas, unos 700 metros, y tomaba agua aguas arriba de la acequia ya existente. Pero el dato decisivo es otro: para salvar una loma del terreno, una parte del canal debía ir cavada en la roca viva. Ese tramo, según los documentos citados, medía 200 varas, es decir, alrededor de 170 metros.


Ese es el argumento central con el que Tissera refuerza la filiación jesuítica del túnel de Villa La Bolsa. La coincidencia entre la referencia documental a una parte cavada en roca viva y la escala general del túnel visible hoy en La Bolsa es, para él, el punto más fuerte de su interpretación. Desde esa mirada, el túnel no sería una obra posterior cualquiera, sino la porción todavía visible de aquella intervención hidráulica jesuítica.


Su hipótesis además no se limita al túnel. También vincula ese sistema con un molino hidráulico para moler trigo y sostiene que, en el relevamiento de campo, pudieron localizar parte de la acequia, el túnel, las ruinas del molino, su toma y su canal. Incluso agrega un matiz importante: el túnel actual no estaría intacto, sino modificado. Según su lectura, en un momento posterior fue reexcavado para aumentar su diámetro y permitir un mayor caudal de agua destinado a una estancia de principios del siglo XX llamada Las Rosas. Es decir, la hipótesis de origen jesuítico no niega reformas posteriores; lo que plantea es que debajo de esas modificaciones seguiría existiendo una obra más antigua.


La posición de Mariana Eguia entra justamente en ese punto. Su planteo no discute la importancia del sistema hidráulico ni la existencia de obras históricas en el Anisacate. Lo que discute es la identificación puntual del túnel de Villa La Bolsa como obra jesuítica original.


Para Eguia, un plano realizado por el padre Grenón no puede tomarse por sí solo como fuente histórica suficiente para establecer esa filiación si antes no se lo triangula con otras fuentes. Y ahí está una de las diferencias de método más importantes de toda esta discusión. El problema, desde su punto de vista, no es solo qué muestra el plano, sino cuánto puede probar por sí mismo.


Plano del Padre Grenon (1927) donde se grafica la acequia y túnel (Imagen de GST)
Plano del Padre Grenon (1927) donde se grafica la acequia y túnel (Imagen de GST)

Según su comentario, si se lee completo el texto de 1927 donde Grenón publica ese plano, la referencia no apuntaría necesariamente a una obra jesuítica, sino a un túnel excavado para el regadío de una estancia cercana, atribuido al ingeniero Echenique y ubicado en una cronología bastante más tardía. Eso cambia mucho el enfoque. Ya no se trataría de una obra colonial identificada con seguridad, sino de una intervención posterior que con el tiempo habría quedado absorbida por una lectura más amplia y más atractiva.


Plano de mensura de 1905 donde se dibuja la boca-toma y la acequia denominada como «acequia de Dolores»
Plano de mensura de 1905 donde se dibuja la boca-toma y la acequia denominada como «acequia de Dolores». La estancia Dolores, cambió su nombre en 1927 por el de «Las Rosas». La acequia aguas mas abajo, mencionada como «acequia de Cuellos», actualmente esta en uso. (Imagen de GST)

Eguia suma además un dato de contexto interesante: una fuente oral del arquitecto Alejandro Moyano Aliaga, según la cual Grenón conocía bien la zona porque veraneaba en La Bolsa en casa de sus familiares, los Moyano Echenique. Eso no invalida el plano, pero sí obliga a leerlo con más cuidado, dentro de su contexto y de su intención. Según esa lectura, el plano habría sido incorporado más bien para explicar el origen del nombre de La Bolsa y mostrar el entorno de la usina, la acequia de alimentación y un dique casi desaparecido, más que para certificar por sí solo una obra jesuítica.


Su argumento más importante, entonces, no consiste en negar toda presencia jesuítica en el sistema hidráulico del Anisacate, sino en reordenar las piezas. Según Eguia, la antigua bocatoma y una porción de la acequia jesuítica cavada a peña viva deberían buscarse en dirección al molino, y no identificarse automáticamente con el túnel visible hoy en Villa La Bolsa. En su comentario incluso ubica esa bocatoma sobre la línea de ribera próxima a las esquinas de las calles Mendoza y Buenos Aires, y menciona además un informe arqueológico del Lic. Alfonso Uribe, junto con gestiones posteriores que llevaron al reconocimiento del lugar como sitio arqueológico a nivel provincial y a su integración dentro de la ruta de los esclavos en Córdoba.


Hay además otro punto delicado en el que Eguia introduce una diferencia importante. Mientras Tissera habla de un nuevo molino hidráulico construido por los jesuitas en reemplazo de otro más precario, Eguia sostiene que no hubo una segunda construcción del molino en ese sentido y que el molino sería anterior. Incluso señala que los propios jesuitas habrían dejado constancia escrita de que no realizaron esa obra por su alto costo y el tiempo que demandaba. Ese matiz, si se sostiene documentalmente, no es menor. Obliga a revisar con mucho más cuidado qué parte del conjunto corresponde a cada momento y a no atribuir todo el sistema a una sola intervención.


Visto así, la controversia no se reduce a una pregunta simple del tipo “¿el túnel es jesuítico o no?”. Lo que está en juego es algo más complejo: cómo se compone este sistema hidráulico, qué obras pertenecen a distintas etapas, cuáles fueron reformadas, cuáles se reutilizaron y hasta qué punto una estructura visible hoy puede identificarse sin más con lo que dicen las fuentes antiguas.


Mi recorrido río abajo


Con esa discusión en la cabeza empecé a seguir el río Anisacate. El objetivo era claro: encontrar señales de la bocatoma, de la acequia excavada en roca y del molino harinero. Pero entre una hipótesis y el terreno siempre hay distancia. Y esa distancia, en este caso, se caminaba.


Senderos cerrados, cruces de cauce y lectura del terreno

La ribera se fue volviendo cada vez más exigente. En algunos tramos todavía aparecían senderos angostos, pero en otros directamente se desarmaban entre arbustos, ramas y sectores muy cerrados. La vegetación exótica domina buena parte de esta franja del río y eso modifica tanto el ambiente como la manera de avanzar.

No era una salida de paseo. Era una caminata de exploración, de esas en las que hay que combinar orientación, lectura del suelo, atención al agua y paciencia para destrabar cada tramo.


Además, el Anisacate venía con caudal alto por lluvias persistentes en la cuenca superior. Eso se notaba en la velocidad de la corriente y en la energía del cauce. Cada vez que tuve que cruzar, frené a evaluar antes de moverme. Miré profundidad, posibles apoyos, estabilidad de las piedras y puntos de salida del otro lado.


Ricardo Explora a punto de cruzar el río Anisacate durante la búsqueda de la acequia y el molino jesuita
Ricardo Explora a punto de cruzar el río Anisacate durante la búsqueda de la acequia y el molino jesuita

En uno de esos cruces el agua me llegó a la cintura. Sentí la corriente empujar con fuerza y ahí apareció una tensión totalmente real. No era dramatización. Era el tipo de situación que te obliga a decidir con criterio, sin apuro y sin ego. Seguí porque el cruce todavía era viable, pero lo hice leyendo el río paso a paso.


Lo que encontré en la exploración

Después de varios sectores trabados, la salida empezó a devolver señales concretas. Y ahí el recorrido ganó otra densidad.


La bocatoma jesuítica y la acequia excavada en roca

Uno de los puntos más importantes de esta exploración fue llegar al sector de la bocatoma. Ahí aparece una diferencia fuerte con el túnel de Villa La Bolsa: la bocatoma sí está señalizada como patrimonio jesuítico, mediante la Resolución 14/2012 del Ministerio de Educación y Cultura de la Provincia de Córdoba. Durante la salida pude registrarla y verla en el terreno, no como una referencia abstracta, sino como una obra concreta asociada a este sistema hidráulico.


Bocatoma jesuítica sobre el río Anisacate reconocida como patrimonio cultural, registrada durante una exploración de Ricardo Explora
Bocatoma jesuítica del río Anisacate, reconocida como patrimonio cultural provincial y registrada durante la exploración en el terreno.

Eso ya le da otro peso a la discusión, porque desplaza la mirada hacia una estructura reconocida patrimonialmente y vinculada de manera más directa con el circuito histórico del agua en este sector del Anisacate.


Pero hubo además una observación de campo que para mí fue muy importante. En el sector de la bocatoma también se puede ver una parte de la acequia excavada en la roca viva. No aparece como un túnel cerrado, sino como un tramo abierto, trabajado directamente sobre la piedra, que después se pierde bajo sedimentos acumulados, tierra y vegetación de siglos. Esa observación quedó registrada en el video de Ricardo Explora y ahí puede verse con más detalle.


Para mí, ese punto introduce una cautela importante dentro de la controversia. La mención documental a una parte cavada en la roca viva no obliga necesariamente a pensar en un túnel como única forma posible. La excavación en roca viva también puede tomar la forma de un canal abierto. No digo esto como prueba definitiva contra la hipótesis de Tissera, pero sí como un dato de campo que amplía el problema y vuelve menos automática la identificación entre esa referencia documental y el túnel de Villa La Bolsa.


La acequia, el molino y el sistema

En distintos puntos del recorrido pude identificar tramos de acequia excavada en roca. Ver esa obra en el terreno cambia el problema por completo. Ya no se trata solo de una discusión documental o de una referencia en un plano antiguo. Se trata de una intervención física sobre el río, hecha para conducir agua y sostener un sistema productivo.


Ese momento, para mí, fue clave. La acequia permite pasar de la pregunta por el túnel a una lectura más amplia: cómo se derivaba el agua, por dónde circulaba y qué relación tenía con las instalaciones ubicadas más abajo.

No hablo de arqueología en sentido técnico ni de excavación de sitio, porque eso sería otro trabajo. Pero sí hubo una lectura material del paisaje, de sus huellas y de la lógica de obra que todavía puede reconstruirse caminando.


Las ruinas del molino y el registro desde afuera

Más abajo llegué al sector donde están las ruinas del molino harinero. Esa era una de las piezas que necesitaba ver para entender la escala del sistema. El sitio está dentro de una propiedad privada de la familia Torres Bas y, además, tiene reconocimiento patrimonial.


Ruinas del antiguo molino harinero del Anisacate.
Ruinas del antiguo molino harinero del sistema hidráulico del Anisacate, registradas durante la exploración con dron desde el exterior del predio.

Como no contaba con autorización para entrar, mantuve una línea que para mí es básica en cualquier exploración seria: no cruzar alambrados, no forzar accesos, no tocar ni alterar nada. El registro lo hice desde afuera, usando drone y zoom para observar la implantación de la estructura, la relación del edificio con el río y su posición respecto del sistema hidráulico.


Ese modo de documentar también dice algo sobre Ricardo Explora. Mi interés no está en “conseguir la toma” a cualquier costo. Está en comprender el lugar, mostrarlo con respeto y sostener una forma de exploración que no arrase con aquello que quiere contar.


El Molino Jesuita Río Anisacate dentro del sistema hidráulico


No salí del Anisacate con una verdad final bajo el brazo. Salí con algo mejor: una lectura más clara del sistema.


Lo que esta caminata me permitió ver es que el debate sobre el túnel de Villa La Bolsa no se entiende bien si se lo aísla. Cuando empiezo a mirar la bocatoma, la acequia y el molino como piezas conectadas, el problema cambia de escala.

El río deja de ser solo el escenario de una salida de trekking. Pasa a verse como un corredor donde el agua fue captada, conducida y aprovechada con una lógica productiva. Y el valle deja de ser solo naturaleza. Aparece también como territorio trabajado, intervenido y cargado de historia material.


Eso es lo que más me interesa de estas exploraciones. No voy solo a caminar ni solo a buscar una ruina. Voy a tratar de entender cómo dialogan entre sí el cauce, la roca, la vegetación, la obra humana y las capas históricas que quedaron impresas en el lugar.


Mi posición frente a la controversia

Después de recorrer este sector del río Anisacate, de registrar la bocatoma reconocida como patrimonio jesuítico y de volver sobre los argumentos de una y otra posición, mi impresión es que la lectura de Mariana Eguia resulta, por ahora, la más consistente.


No porque el planteo de Sergio Tissera sea débil. Al contrario: su argumento principal es claro y tiene peso. La referencia documental a una porción de la acequia cavada en la roca viva, con medidas que parecen dialogar con la escala del túnel de Villa La Bolsa, explica bien por qué esa identificación tuvo tanta fuerza.


Pero aun reconociendo eso, me resulta más convincente la cautela metodológica que propone Eguia. Su observación sobre el plano de Grenón me parece central: una imagen, por sugerente que sea, no alcanza por sí sola para cerrar una filiación histórica si no se la triangula con otras fuentes y con una lectura más amplia del sistema.


A eso se suma, en mi caso, algo que viene directamente del terreno. Lo que observé en la bocatoma es que la excavación en roca viva no necesariamente adopta forma de túnel. También puede aparecer como una acequia abierta, cavada directamente en la piedra y hoy parcialmente perdida bajo sedimentos y vegetación. Ese detalle no clausura la discusión, pero sí debilita la idea de que la referencia documental deba coincidir de manera automática con el túnel de Villa La Bolsa.


Por eso hoy me inclino a pensar que el llamado túnel de Villa La Bolsa respondería más probablemente a una obra posterior, de principios del siglo XX, vinculada a la estancia Las Rosas y al ingeniero Echenique, mientras que el núcleo más sólido del sistema hidráulico jesuítico habría que buscarlo en otro tramo del río, en relación con la bocatoma, la acequia y el molino. No lo planteo como una conclusión definitiva, sino como una posición razonada, abierta a nueva evidencia, pero hoy más cerca de esa línea de interpretación.






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