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Arqueoturismo: Lo real y lo imaginario en el arte rupestre

Textos y fotos: Ricardo Gómez



Hay una historia conmovedora del hombre que actualmente está plasmada en la roca. Para comprenderla conviene retroceder en el tiempo y recordar ciertos hechos.


Por ejemplo, el último escalón evolutivo que dio lugar al hombre biológico actual (el homo sapiens) surgió aproximadamente hace poco más de 175.000 años. Desde entonces las personas han ido expresando materialmente sus creencias y visiones del mundo a través de pinturas, objetos y grabados.





Estos registros documentan los itinerarios intelectuales, culturales y artísticos de la humanidad. El arte en las rocas, pintado o grabado, está en todo el mundo y se encuentra generalmente en cuevas o aleros rocosos. Su antigüedad más remota supera los treinta mil años.




Ha sido dejado por prácticamente todo tipo de sociedades en todo el planeta, pero básicamente el arte rupestre se refiere a el arte prehistórico para el viejo mundo, prehispánico, preibérico o precolombino para la historia americana.


Las pinturas rupestres se realizaron con pigmentos obtenidos de diversas maneras. El color blanco, por ejemplo, se consiguió tal vez pulverizando huesos, mientras que el color negro se logró con materias orgánicas como el carbón vegetal o de minerales como la pirulosita. Las materias primas trituradas se mezclaban con grasa animal,orina u otro disolvente hasta alcanzar el color deseado.





La arqueología todavía no ha encontrado un modelo unificado de interpretación. Los marcos explicativos oscilan entre la descripción analítica y los esfuerzos por encontrar testimonios sobre las estructuras subyacentes o sobre evidencias de shamanismo.




Sin embargo, existen diversos aportes provenientes de la lingüística, la semiótica y la psicología que no han logrado impregnarse adecuadamente en los ensayos interpretativos sobre arte rupestre.


Según el investigador Emanuel Anati en todas partes habría tres tipos de imágenes: los pictogramas, son figuras en las que se pueden reconocer objetos reales o imaginarios, tales como animales, seres humanos o cosas.


Los ideogramas son signos repetidos que se presentan a veces en forma de disco, ramas, palotes, estrellas o serpientes, zig zag, símbolos fálicos o vulvares, que expresan conceptos convencionales.




Finalmente están los psicodramas, signos producidos por descargas de energía muy intensa en estados alucinatorios.


Frecuentemente en los aleros rocosos se combinaron pictogramas e ideogramas, aunque lo importante es que se destaca cierta universalidad en el arte rupestre. En todos los continentes se habrían usado los mismos colores y técnicas, formas semejantes de asociación, el mismo tipo de lógica, lo cual indicaría que se produjo sobre la misma base estructural.





Jean Clottes, en cambio, se inclina por el shamanismo como marco explicativo, que concibe la concepción de un universo en varios niveles que corresponden a mundos superpuestos o paralelos. Los acontecimientos del mundos - sostiene Clottes - dependen de los poderes que viven en esos "otros mundos". Además, existe la creencia de que algunos individuos pueden entrar en contacto con ellos y aplicar ese poder para curar, para reestablecer el equilibro del mundo, para obtener la caza o para evitar el daño.


El enfoque shamánico sostiene que "el contacto con esos poderes podrá hacerse porque los espíritus ayudan (adoptando a menudo forma de animal) siendo que el hombre puede transformarse -el mismo- en el transcurso de la ceremonia en un animal".





Por su parte, la investigadora Ana María Rocchietti realizó un análisis reflexivo sobre las manifestaciones del arte rupestre a través de la confrontación entre "lo real" y "lo imaginario", sobre la base de su experiencia en sitios de las Sierras de Comechingones de la Provincia de Córdoba.





Para la investigadora, "el arte rupestre es evidentemente lo que queda de una ceremonia y esa ceremonia implica una cosmovisión, una ideología, la creencia que liga a un colectivo humano y sobre todo esa transacción con lo sobrenatural".


"Hay una dialéctica - agrega- entre lo que se ve y lo que se cree ver; y sobre todo lo que se infiere o interpreta a partir de lo que se cree ver. Porque como es arqueológico, el registro no es completo. El tiempo, el agua, el viento, los animales, los insectos; todo ha contribuido para que se esfume, así que tampoco podemos ver la obra original".




Los marcos interpretativos o explicativos no son demasiados, porque en arqueología existe una cierta prudencia que lleva a realizar interpretaciones de corto alcance para no forzar la verificación de lo que se afirma. Mayoritariamente prolifera el arte enfocado desde la descripción, de lo que contiene un panel o una roca, por ejemplo. Describir los signos que aparecen grabados o pintados, ya es problemático, porque en rigor para la semiótica un signo ya es una narración.


Así fuera una línea ondulada roja, ella como unidad perceptual ya narra, ya tiene un plus de narración. Para la investigadora la descripción es útil porque permite comparar y advertir que los signos son prácticamente universales.




Sin embargo, a partir de las décadas del 50/60 hubo investigadores que procuraron ver detrás de las escenas de arte rupestre algo más. Y ese algo más estaba teñido de dos escuelas de ese momento o marcos teóricos muy importantes: por un lado el psicoanálisis y por el otro el estructuralismo.


La investigadora Ana María Rocchieti propone analizar los sitios con pinturas o grabados rupestres teniendo en cuenta la escena, la textura y la escenografía.


Por escena se entiende al conjunto de signos o símbolos que podemos hallar en la pared, sin importar si lo que se ve es narrativo o no, sea un pictograma, un ideograma o una poligonal totalmente exótica o un círculo con un punto en el centro.


Por ejemplo, se suele pensar que una escena de caza despliega un relato y que una poligonal o un animal solitario no. Sin embargo, todo signo consiste en una escena, esa acción, ese motivo, esa unidad gráfica de la naturaleza que sea - sostiene Rocchietti - ya es relato, ya es narración, ya hay una acción dinámica.


Por otro lado, la roca aporta la textura. No solo como estructura mineralógica, sino como el soporte sobre esa epifanía que en algún momento debe haberse mostrado para quien dibujó o grabó.


"No se ha dibujado o pintado en cualquier lugar. Se elige la roca de acuerdo con la arquitectura que le da sus diaclasas, sus fisuras, sus microfisuras; el juego de la luz y de las sombras y en distintos momentos del año".




"Para analizar la escenografía se tiene que reparar qué se ve y qué se escucha en el lugar mismo donde está el arte, cómo suena allí el viento, cómo cae el agua cuando llueve, qué sonidos... Qué se huele, generalmente se huelen los animales que se allí se refugian, o las plantas olorosas".


Esa es la escenografía, pero también incluye lo que se ve desde el lugar donde está el arte rupestre. ¿Hay más montañas o veo como se junta la montaña con la llanura?.


"Entonces, el sitio rupestre - concluye la investigadora - es todo arte. Es arte su escena, es arte su soporte y es arte todo lo que lo rodea".






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